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¿En casa de quién te toca este finde?

Todo el día con la maleta a cuestas. Los niños aprenden a vivir a caballo entre casa de papá y mamá. Pensamos que se adaptan a todo porque no se quejan. Total, todos los de su clase están igual. Nuevas parejas, nuevos hermanos. Pero es importante que tengan una estabilidad y un entorno tranquilo con la suficiente armonía familiar. Ellos son los que más sufren las separaciones y divorcios.

Dos vidas paralelas y un continuo ejercicio de equilibrismo entre “papá me deja hacer esto y tú no” o “es más divertido el novio de mamá que tú”.

Evidentemente, hay mil casos distintos y seguro que es mucho mejor que los niños vivan con los padres separados pero felices que en una casa en batalla campal diaria o con enorme tristeza acumulada.

Ante el auge de divorcios con hijos pequeños, nos planteamos si la pareja está construida sobre cimientos suficientemente sólidos. Como hemos crecido en la era del zapping continuo, parece como si la superficialidad en las relaciones se esté apoderando de nosotros. Todo va tan rápido que, “sólo tengo tiempo para ti si me envías un whatsapp o un tweet pero no me digas una frase de más de 140 caracteres que me pierdo”. ¿Que nos está pasando?

En teoría, cuando alguien inicia una vida en común, se trata de conocer bien a la otra persona, vivir experiencias buenas y malas, reír y llorar juntos, construir algo tan fuerte que nada pueda romperlo.  Cuidar el día a día, imaginar nuevas cosas, echarse de menos, sorprenderse, divertirse, hablar, emocionarse juntos.

Y sólo cuando se esté seguro de que es así, sólo entonces, decidir tener hijos. No antes. Porque viene el momento más duro de la relación. Bebés llorando, niños que te roban hasta el último minuto del día (y de la noche), que no dejan que acabes ninguna frase, que se ponen enfermos, adolescentes difíciles, discusiones por agotamiento. Sólo las relaciones de calidad sobreviven y se hacen más fuertes.

Vemos que hay matrimonios construidos sobre la imperiosa necesidad de tener hijos, “pues antes de llegar a los 35 como sea he de tener un hijo“, o porque socialmente “no queda bien estar soltero a mi edad”, o “no quiero ir solo a los eventos”. Otras relaciones ya nacen a la pata coja (Ser posesivo con el otro, no permitir alcanzar sus sueños, menosprecio hacia el otro, aburrirse soberanamente, etc.).

Es tremendamente egoísta pensar en el “yo ahora quiero esto” (y mañana ya se verá que pasa con mi pareja o con los niños).

Me gusta. Ya no me gusta. Así de efímero. Así de inmaduro.

Es raro que haya tantas parejas con lo difícil que es que dos personas congenien. Y encima, “para toda la vida…”, casi imposible!  La verdad es que se vive maravillosamente sin pareja o sin niños, ¿por qué casarse con alguien sino se está realmente enamorado? ¿Por qué tener niños si no se desea de verdad?

Seamos responsables. Tener hijos no es un juego. No les hagamos sentirse como una mercancía que va y viene los veranos y los fines de semana. Construyamos pilares fuertes y tendremos niños felices.

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